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Qué debe tener un sistema de evaluación de competencias para funcionar en Latinoamérica

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¿Qué determina que un sistema de evaluación de competencias funcione en una universidad latinoamericana?

La respuesta intuitiva es la calidad del instrumento: su validación, su respaldo metodológico, su sofisticación técnica. Pero la evidencia acumulada en la última década apunta en otra dirección. Las instituciones que logran transformar datos en desarrollo profesional real no son necesariamente las que tienen mejores herramientas.

Son las que saben interpretarlas en contexto.

El mito del instrumento perfecto

Existe una creencia persistente en el mundo de la gestión del talento. Es seductora. Es simple. Y casi siempre es equivocada: la idea de que encontrar la herramienta correcta resolverá automáticamente los problemas de medición.

La evidencia sugiere lo contrario.

Un estudio de Anna Brown, Ilke Inceoglu y Yin Lin publicado en Organizational Research Methods en 2017 examinó evaluaciones 360° utilizando una muestra de 4,675 evaluaciones organizacionales. Su hallazgo principal no fue que ciertos instrumentos funcionan y otros no. Fue más incómodo: la forma de implementar y analizar los resultados determina su validez. Los mismos datos, interpretados sin considerar factores contextuales, generaban conclusiones erróneas.

En términos prácticos: dos universidades pueden usar exactamente el mismo instrumento y obtener valor radicalmente distinto de él. La diferencia no está en el software. Está en qué hacen con los números después de generarlos.

La solidez métrica del instrumento es el punto de partida.

No la meta.

Lo que las instituciones exitosas hacen diferente

El estudio "Profesores a Prueba" del Banco Interamericano de Desarrollo, publicado en 2020, ofrece la mirada más completa disponible sobre evaluación en la región. Los investigadores analizaron 19 sistemas de evaluación en América Latina y el Caribe, además de 12 sistemas de alto desempeño en otras regiones.

Una conclusión atraviesa todo el informe: las instituciones que obtienen resultados útiles no son necesariamente las que tienen instrumentos más sofisticados. Son las que han desarrollado capacidad interna para usar la información.

El hallazgo más revelador: la mayoría de las organizaciones de la región utiliza solo un instrumento y con menor frecuencia de lo recomendado. Muchas aplican evaluaciones anuales cuando la literatura sugiere ciclos más cortos. Otras recogen datos de una sola fuente, típicamente el jefe directo, cuando las evaluaciones tienen múltiples fuentes reducen sesgos significativamente.

Pero el problema de fondo no es solo de cantidad o frecuencia. Es de profundidad en el análisis.

Los sistemas que integran autoevaluación, retroalimentación de pares, superiores y colaboradores generan una imagen más completa. Sin embargo, esa imagen requiere interpretación experta.

La mayoría de las organizaciones utiliza un solo método con menor frecuencia de la recomendada.

El valor de los datos comparativos, bien utilizados

¿Para qué sirve entonces comparar resultados con otras organizaciones, incluso de otras geografías?

Precisamente para contextualizar.

Cuando una institución compara sus resultados con benchmarks externos, no busca replicar puntajes ajenos. Busca puntos de referencia que iluminen preguntas: ¿Esta brecha que vemos es típica en organizaciones similares? ¿Nuestras fortalezas son distintivas o son el estándar del sector?

Un estudio de Kok-Yee Ng y colegas publicado en el Journal of Applied Psychology en 2011 ofrece un ejemplo concreto de por qué esto importa. Los investigadores analizaron cómo los valores culturales afectan la retroalimentación multifuente, trabajando con datos de 1,447 evaluadores que proporcionaron retroalimentación a 172 líderes.

Encontraron que en contextos de alta distancia de poder —donde las jerarquías son más marcadas y cuestionar al superior tiene mayor costo social— los subordinados tienden a calificar más alto a sus jefes. No porque los jefes sean objetivamente mejores. Porque el acto de evaluar hacia arriba está mediado por dinámicas culturales.

Este hallazgo no invalida las comparaciones internacionales. Las enriquece.

Saber que existen diferencias culturales en cómo las personas responden evaluaciones permite interpretar las brechas con mayor precisión. Si un equipo latinoamericano muestra puntajes de liderazgo superiores al benchmark europeo, la pregunta correcta no es "¿somos mejores líderes?" sino "¿cuánto de esta diferencia refleja competencia real y cuánto refleja patrones culturales de respuesta?"

La respuesta a esa pregunta cambia completamente la intervención de desarrollo.

Las instituciones sofisticadas usan esta información para afinar sus análisis. No para descartar herramientas.

El contexto regulatorio como oportunidad

América Latina presenta un panorama regulatorio diverso. Para las instituciones preparadas, esto es una ventaja competitiva.

En Colombia, el Consejo Nacional de Acreditación exige evidencia de medición sistemática del desempeño. Las universidades que buscan acreditación de alta calidad deben demostrar no solo que evalúan, sino que usan los resultados para mejorar. En Argentina, la CONEAU maneja categorías de acreditación para posgrados donde la gestión del talento académico pesa en la evaluación. En Chile, la CNA actualiza constantemente sus estándares, empujando a las instituciones hacia sistemas más robustos.

En Ecuador, el panorama acaba de cambiar significativamente. El Consejo de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior (CACES) aprobó en septiembre de 2023 un nuevo modelo de evaluación externa: seis criterios, 32 indicadores, aplicación desde 2026. Las universidades que cumplan todos los criterios serán acreditadas por siete años. Las que no, enfrentarán planes de mejora obligatorios. En casos extremos, el cierre.

Las instituciones ecuatorianas tienen tres años para prepararse. Las que ya cuentan con sistemas de evaluación de competencias robustos llevan ventaja. Las que aún operan con procesos informales o esporádicos enfrentan una carrera contra el tiempo.

Esta diversidad regulatoria no es un obstáculo. Es un incentivo para desarrollar sistemas de evaluación que generen datos útiles tanto para la mejora interna como para satisfacer requerimientos externos.

Lo que se requiere es entender las condiciones de cada institución, construir confianza y diseñar procesos que generen información útil.

Construir confianza: el trabajo invisible que determina el éxito

Hay un factor que ningún instrumento, por sofisticado que sea, puede resolver por sí mismo: en varios países de la región, la palabra "evaluación" carga con asociaciones negativas.

El caso de México ilustra esta tensión de manera dramática. En mayo de 2019, una reforma constitucional eliminó el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE). El organismo había operado durante 17 años, generando información valiosa sobre el sistema educativo. Tenía prestigio técnico y reconocimiento internacional.

Pero fue percibido como punitivo por el magisterio.

Según análisis publicados por la Universidad Iberoamericana, ningún docente perdió su plaza por los resultados de la evaluación, solo 400 la perdieron por negarse a presentarla. El problema no fue lo que el INEE técnicamente hacía. Fue lo que los maestros creían que hacía, y cómo esa creencia se convirtió en resistencia política organizada.

La lección no es que la evaluación sea inherentemente problemática. Es que la comunicación sobre sus propósitos determina cómo será recibida, defendida o atacada.

Las instituciones que logran que sus procesos de evaluación sean vistos como oportunidades de desarrollo, no como amenazas, invierten en tres frentes simultáneos: claridad sobre qué se mide y por qué, transparencia sobre cómo se usará la información, y acompañamiento en la interpretación de resultados.

Un error común: pretender que un mismo proceso sirva simultáneamente para acreditar ante externos, tomar decisiones de permanencia y promover desarrollo profesional. Cuando el docente sospecha que su "evaluación formativa" en realidad alimenta decisiones de contratación, la confianza colapsa. Las instituciones exitosas separan lo sumativo de lo formativo. Comunican con precisión qué información se usa para qué propósito. Y cumplen lo que prometen.

Tecnología más acompañamiento: la combinación que funciona

Las plataformas digitales reducen dramáticamente la carga administrativa. Permiten retroalimentación más frecuente. Integran múltiples perspectivas con eficiencia. Una evaluación 360° que hace quince años requería semanas de trabajo manual hoy se configura en horas.

Pero su valor real se materializa cuando vienen acompañadas de capacidad analítica.

Pro Evaluation System ofrece instrumentos con validación científica, como su módulo de retroalimentación 360°, junto con acompañamiento para adaptar la interpretación de resultados a los requerimientos específicos de cada institución. La herramienta proporciona datos confiables; el equipo de implementación ayuda a convertirlos en decisiones de desarrollo.

Esta combinación de rigor metodológico y soporte contextualizado es lo que permite generar impacto real, independientemente de dónde se haya validado originalmente el instrumento.

La pregunta que importa

Las instituciones latinoamericanas no necesitan elegir entre herramientas sofisticadas y relevancia local. Necesitan preguntarse: ¿Tenemos la capacidad de interpretar los datos que generamos?

Un instrumento validado internacionalmente, implementado con acompañamiento experto y analizado considerando el contexto local, genera más valor que una herramienta "hecha a medida" sin rigor metodológico. La procedencia del benchmark importa menos que la calidad de la conversación que ocurre después de ver los resultados.

El conocimiento sobre qué funciona existe. Las herramientas probadas existen. Lo que marca la diferencia es la decisión de invertir no solo en tecnología, sino en el proceso completo: desde la selección del instrumento hasta la conversación informada que transforma datos en desarrollo.

Ahí es donde la evaluación de competencias deja de ser un reporte y se convierte en motor de cambio.

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Diana Gutiérrez is a journalist and content strategist for Eureka Simulations. She holds a degree in social communication and journalism from Universidad los Libertadores and has extensive experience in socio-political, administrative, technological, and gaming fields.